domingo, 15 de marzo de 2009

serie relatos, número tres: "la maldición"

Es tarde, pero por fin llegamos a la casa, después de un largo pero divertido viaje en coche. Cuando paro el motor, escucho el silencio. Presto atención, ladeo la cabeza como si con ese movimiento, mi oído pudiera afinar más y sí, lo escucho: no se oye nada. Y es en ese momento cuando sé que estar en esta casa va a ser un acierto.

Miro al otro lado y veo a Leo sonriente, sabe que mi sonrisa traerá buenos augurios. Bajamos del coche.

Abrir el maletero y empezar a sacar todo lo que traemos de una sola vez, es una misión imposible, por eso desistimos rápidamente y nos cogemos lo básico, vamos hacia la puerta atravesando un pequeño parque a través de unas losas que hacen un caminito que nos salva de los charcos.

Y expectantes tocamos la puerta y esperamos...

Oímos unos pasos y nos abre la puerta una gran mujer, con un porte y una apariencia impresionantes. Unos ojos azules nos interrogan desde lo alto de la nariz y muy bajito digo, "hola buenas noches, hemos venido a instalarnos."

(...)

Han pasado años desde aquel invierno del 72, y yo sigo aún esta casa, aunque a veces me pregunto porqué.

Pero no es una cuestión filosófica, no... Es una maldición.

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