Ayer fui al cine a ver La Soledad.
No sé que decir de la peli, sólo que no me llegó a ese sitio a donde me tienen que llegar a mí las cosas para sentirlas.
Pero sí que me hizo reflexionar sobre La Soledad, esa sombra que nos acompaña a lo largo de la vida, a veces bien, a veces mal.
Yo misma he tenido una dura batalla contra ella, batalla que a día de hoy ha finalizado porque estamos en tregua.
En mis recuerdos la tengo siempre presente, me pienso más veces sola que acompañada. Siempre sola, aún estando rodeada de personas: sola de pequeña, sola de adolescente, sola de mayor. Siempre sola, sola, sola… Por eso, para aliviar el peso de mi soledad recurrí a armas aprendidas: armas de mujer, armas de amor, armas de fatalidad, armas de risas y de juergas. Fue fácil, fué más fácil que no hacer nada por no estar sola.
Y desde que me aprendí esos pequeños trucos, empezó la cruel batalla: Ella y Yo, la una contra la otra.
Ella con sus sombras y sus miedos, Ella que te atrapa, se te mete en el corazón, te asusta, te enloquece. Ella poderosa porque no tiene límites, no tiene fin.
Yo suave, Yo arrogante, Yo dulce, Yo desafiante. Yo incapaz de dejar de luchar. Yo luchadora no voy a darte ni un solo segundo de mi vida para que me hagas sentir así.
Ella se instaló en mi corazón y me lo dejó frío como un témpano.
Yo aprendí a derretirlo desde la lucha que nos traíamos.
Pero la batalla agota, no tiene recompensa, no tiene sentido. No se puede luchar así contra Ella. Entendí que era una batalla perdida justo a tiempo, justo antes de caer en sus manos para siempre, entendí que había que cambiar de estrategia y me paré.
Deje la lucha y viajé lo más lejos que pude y lo más dentro de mí que nunca había estado. Y me di cuenta de que Ella es mucho más bella de lo que siempre había pensado.
Aprendí a escucharla, a vivirla, a entender porqué estaba siempre dentro de mí, haciéndome ser quien no quería ser.
Aprendí que no por mucho estar con gente, dejas de sentirte sola. Que la soledad no tiene nada que ver con estar acompañada.
Y sólo entonces pude hacer un pacto: Ella ahora está conmigo por que yo quiero. Es Mi Soledad elegida.
Y es estupenda, ahora la entiendo, la vivo, y es compatible con mis deseos, con mis emociones.
Sé que estará conmigo siempre, y ya no me hará luchar contra nadie, ni siquiera contra mi misma, y es tan bella como querer dormir abrazada por las noches, como querer ser amada y correspondida, como reir y vivir y bailar y brillar...
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